Ora con Confianza
Cómo vencer la desilusión en la oración
CONTENIDOEl problema de la Oración...............
Volvamos a lo básico......................
Cómo orar a través de la Biblia.......
Tu próxima Oración.......................
PROLOGO
La desilusión hace que las oraciones se conviertan en silencio. Puede ser difícil orar cuando uno está amargado y airado con personas que uno cree le están arruinando la vida. Puede ser incluso más difícil cuando uno siente que el mismo Dios le ha defraudado.
Dios comprende lo que sentimos. No obstante, ha abierto el camino para que nos acerquemos con confianza a su trono de gracia. En las páginas siguiente, David Egner ofrece ayuda para aquellos que han perdido la confianza en Dios y en su propia capacidad de atraer la atención de Él en la Oración.
Martín R. De Haan II
PRIMERA PARTE.
EL PROBLEMA DE LA ORACIÓN
EL PROBLEMA DE LA ORACIÓN
Me encontraba sentado frente a un grupo de adultos solteros que se había reunido para hacer un estudio sobre la oración. Les entregué una hoja de papel que comenzaba con esta afirmación: Cuando de la oración se trata yo __________________________.
Tenían que llenar el espacio en blanco.
¿Cómo contestarías tú? Antes de que prosigamos, podría ser útil que lo hicieses. completa esta aseveración:
"Cuando de la oración se trata, yo ______________________________________________________"
Cómo tabulé lo que el grupo había escrito, los resultados cayeron en las siguientes categorías:
- No oro lo suficiente
- No sé porqué orar
- No sé si la oración que hago sirve de algo
He descubierto que esas respuestas son comunes.
Aunque algunas personas hablan con entusiasmo de la facilidad con la que entablan y terminan una conversación con Dios, hay otras que ven la oración como una lucha que a veces se gana, pero que muchas veces se pierde.
Es comprensible que la oración no siempre sea fácil. Si se comprende correctamente, no es una simple emoción dirigida a Dios, sino también una expresión de e que a menudo es débil y poca. Es un arma de guerra espiritual que se usa para pelear por un terreno disputado. Es un reflejo de una relación con Dios que muchas veces se interrumpe y se hace tirante por nuestra propia ignorancia, falta de atención e insensibilidad. Es una expresión de confianza en Dios que muchas veces es sustituida por la desilusión.
En los primeros años de nuestro andar cristiano, oramos con muchas expectativas. Suponemos que Dios cumplirá los más profundos deseos de nuestro corazón y que por medio de la oración, experimentaremos la cercanía y la felicidad que anhelamos.
Creemos que con nuestra confianza en Dios superaremos cualquier problema.
Entonces pedimos a Dios algo importante para nosotros y no lo obtenemos.
Les aseguramos a nuestros amigos enfermos que estamos orando por su recuperación, pero no se mejoran. Oramos en presencia de nuestra familia por la solución a problemas que les afectan, y nos quedamos esperando meses enteros mientras Dios parece ignorarnos.
Lentamente llega la desilusión. Perdemos nuestro entusiasmo por la oración. Al poco tiempo nos encontramos orando sólo por las comidas. Pasamos por una fase en la que realmente no llevamos nada al Señor que de verdad nos importe porque no soportaríamos otro rechazo. Dejamos de comunicarnos con Dios.
Piensa por un momento en tu vida de oración. So has dejado de crecer en la oración. ¿Se debe a una honesta desilusión?
Se necesita fe y valor para restaurar una relación humana que se ha roto. Lo mismo sucede con en nuestra relación con Dios.
El primer paso es admitir el problema.
Luego debemos superar la desilusión y recobrar nuestra confianza en Dios.
El resto de este libro está escrito para contribuir a la edificación de esa confianza.
Pero antes de seguir, permíteme hablarte personalmente por un momento. Tengo una buena idea de lo que significa desilusionarte con los altibajos de la vida. A veces las experiencias más perturbadoras han estado relacionadas con lo que Dios ha permitido en las vidas de personas muy queridas para mí. Una de esas experiencias fue la salud de un nieto que quiero mucho. Natán nació con una deficiencia inmunológica. Su cuerpecito no tenía mecanismo para luchar contra la enfermedad.
En los primeros años de su vida, contemplamos sin poder hacer nada, cómo luchaba con una serie de infecciones en las vías respiratorias. Dios no parecía estar contestando a nuestras súplicas.
Las hospitalizaciones eran frecuentes.
Como familia estábamos aterrados. ¿Seríamos capaces de confiar en Dios incluso si no contestaba nuestras oraciones por aquel pequeño al que queríamos tanto?
Los médicos nos informaron que el sistema inmunológico “entra en acción” en el 60% de estos niños alrededor de la edad de tres años. A pesar de que esa información nos dio un poco de esperanza también nos dejó con el dato de que 40% de los niños no desarrollan defensas con la infección.
Una y otra vez miré el indefenso cuerpecito y oré.
Al principio me consumían las incógnitas sobre Natán. A medida que pasó el tiempo, el énfasis de mi oración cambió. Ya no estaba absorto en el dolor que sentía. Me di cuenta de que usaba menos y menos palabras. Luché muchas veces en silencio, por la recuperación de Natán. Con el tiempo lo único que decía era: “Dios, haz lo mejor. Sólo Tú sabes, y yo confío en Ti y en tu bondad. Mi mayor deseo es que lo sanes mas hágase Tú voluntad”.
Para cuando Natán cumplió tres años aproximadamente, comenzó a tener menos y menos infecciones. Entonces recibimos los resultados de la prueba: Dios en su misericordia permitió que Natán estuviese entre el 60% que supera las deficiencias inmunológicas.
A través de circunstancias tan incontrolables de la vida, he aprendido a confiar en Dios en la escuela de la oración. A veces he dado gracias por los “Sí”. Otras veces he visto la sabiduría de un “No”. Y otras he aprendido a disfrutar a Dios en el proceso de esperar su respuesta.
No obstante, todavía noto que caigo en el desaliento de las circunstancias. Me doy cuenta de que anhelo la clase de poder que me daría un control como el de Elías sobre las condiciones físicas (Santiago 5:16-18).
5:16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.
5:17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.
5:18 Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.
Sin embargo, lo que he aprendido con el tiempo es que la verdadera confianza en la oración no se encuentra proyectando mis deseos en Dios. Más bien he hallado confianza al aprender algunos principios simples y a la vez profundos sobre la oración. Eso principios no dependen de nuestra capacidad de ser elocuentes o espiritualmente profundos, sino que tienen características elementales que se aprenden en la escuela de oración de nuestro Señor.
Es comprensible que la oración no siempre sea fácil. Si se comprende correctamente, no es una simple emoción dirigida a Dios, sino también una expresión de e que a menudo es débil y poca. Es un arma de guerra espiritual que se usa para pelear por un terreno disputado. Es un reflejo de una relación con Dios que muchas veces se interrumpe y se hace tirante por nuestra propia ignorancia, falta de atención e insensibilidad. Es una expresión de confianza en Dios que muchas veces es sustituida por la desilusión.
En los primeros años de nuestro andar cristiano, oramos con muchas expectativas. Suponemos que Dios cumplirá los más profundos deseos de nuestro corazón y que por medio de la oración, experimentaremos la cercanía y la felicidad que anhelamos.
Creemos que con nuestra confianza en Dios superaremos cualquier problema.
Entonces pedimos a Dios algo importante para nosotros y no lo obtenemos.
Les aseguramos a nuestros amigos enfermos que estamos orando por su recuperación, pero no se mejoran. Oramos en presencia de nuestra familia por la solución a problemas que les afectan, y nos quedamos esperando meses enteros mientras Dios parece ignorarnos.
Lentamente llega la desilusión. Perdemos nuestro entusiasmo por la oración. Al poco tiempo nos encontramos orando sólo por las comidas. Pasamos por una fase en la que realmente no llevamos nada al Señor que de verdad nos importe porque no soportaríamos otro rechazo. Dejamos de comunicarnos con Dios.
Piensa por un momento en tu vida de oración. So has dejado de crecer en la oración. ¿Se debe a una honesta desilusión?
- Desilusión con Dios
- Desilusión con otros.
- Desilusión con nosotros mismos
Se necesita fe y valor para restaurar una relación humana que se ha roto. Lo mismo sucede con en nuestra relación con Dios.
El primer paso es admitir el problema.
Luego debemos superar la desilusión y recobrar nuestra confianza en Dios.
El resto de este libro está escrito para contribuir a la edificación de esa confianza.
Pero antes de seguir, permíteme hablarte personalmente por un momento. Tengo una buena idea de lo que significa desilusionarte con los altibajos de la vida. A veces las experiencias más perturbadoras han estado relacionadas con lo que Dios ha permitido en las vidas de personas muy queridas para mí. Una de esas experiencias fue la salud de un nieto que quiero mucho. Natán nació con una deficiencia inmunológica. Su cuerpecito no tenía mecanismo para luchar contra la enfermedad.
En los primeros años de su vida, contemplamos sin poder hacer nada, cómo luchaba con una serie de infecciones en las vías respiratorias. Dios no parecía estar contestando a nuestras súplicas.
Las hospitalizaciones eran frecuentes.
Como familia estábamos aterrados. ¿Seríamos capaces de confiar en Dios incluso si no contestaba nuestras oraciones por aquel pequeño al que queríamos tanto?
Los médicos nos informaron que el sistema inmunológico “entra en acción” en el 60% de estos niños alrededor de la edad de tres años. A pesar de que esa información nos dio un poco de esperanza también nos dejó con el dato de que 40% de los niños no desarrollan defensas con la infección.
Una y otra vez miré el indefenso cuerpecito y oré.
Al principio me consumían las incógnitas sobre Natán. A medida que pasó el tiempo, el énfasis de mi oración cambió. Ya no estaba absorto en el dolor que sentía. Me di cuenta de que usaba menos y menos palabras. Luché muchas veces en silencio, por la recuperación de Natán. Con el tiempo lo único que decía era: “Dios, haz lo mejor. Sólo Tú sabes, y yo confío en Ti y en tu bondad. Mi mayor deseo es que lo sanes mas hágase Tú voluntad”.
Para cuando Natán cumplió tres años aproximadamente, comenzó a tener menos y menos infecciones. Entonces recibimos los resultados de la prueba: Dios en su misericordia permitió que Natán estuviese entre el 60% que supera las deficiencias inmunológicas.
A través de circunstancias tan incontrolables de la vida, he aprendido a confiar en Dios en la escuela de la oración. A veces he dado gracias por los “Sí”. Otras veces he visto la sabiduría de un “No”. Y otras he aprendido a disfrutar a Dios en el proceso de esperar su respuesta.
No obstante, todavía noto que caigo en el desaliento de las circunstancias. Me doy cuenta de que anhelo la clase de poder que me daría un control como el de Elías sobre las condiciones físicas (Santiago 5:16-18).
5:16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.
5:17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.
5:18 Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.
Sin embargo, lo que he aprendido con el tiempo es que la verdadera confianza en la oración no se encuentra proyectando mis deseos en Dios. Más bien he hallado confianza al aprender algunos principios simples y a la vez profundos sobre la oración. Eso principios no dependen de nuestra capacidad de ser elocuentes o espiritualmente profundos, sino que tienen características elementales que se aprenden en la escuela de oración de nuestro Señor.
SEGUNDA PARTE. VOLVAMOS A LO BÁSICO
ACÉRCATE A DIOS A TRAVÉS DE UN
MEDIADOR
La mediación fue idea de Dios. Sabía
que nos era difícil confiar en Él, pero no podía ignorar lo que estábamos haciendo.
Por tanto, dios ofreció la mediación. Para resolver las diferencias que había
entre nosotros, envío a Uno que podía entender y solidarizarse con nuestra
condición al tiempo que representaba los intereses del cielo.
Este Mediador se identificó tanto
con nosotros y se involucró tanto en nuestros problemas que terminó clamando: “Dios
mío, dios Mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). No obstante, tres
días después de ese indescriptible momento, se hizo evidente que el Mediador
había triunfado.
Por medio de su gran sacrificio,
nuestro Mediador había quitado la barrera que había roto nuestra relación con
Dios.
Seguiríamos pecando y cegados por
nuestros propios deseos y obstinado orgullo. Seguiríamos llenos de
arrepentimiento y confundidos respecto a lo que Dios estaba haciendo en
nuestras vidas. Pero nunca jamás tendríamos una razón para dudar del amor del
Padre por nosotros. Nunca más se argumentaría persuasivamente que el Padre no
se interesaba en nosotros, que no se conmovía con nuestros problemas, ni que
nos había dejado morir en nuestras circunstancias. Nunca más tendríamos que
acercarnos a Dios en oración sin la seguridad de que Él deseaba hablar con
nosotros mucho más de lo que deseábamos nosotros hablar con Él.
Sin esta obra mediadora,
podríamos habernos preguntado si Dios escuchaba siquiera cuando orábamos.
Podríamos asumir, en base de nuestras circunstancias, que a Dios no le
importaba. Sin embargo hoy, el recuerdo de lo que sucedió en la cruz del
Mediador puede restaurar la confianza en nosotros siempre que nos acerquemos a
Dios en Oración. Hoy podemos animarnos porque no tenemos que acercarnos a Dios
en nuestra propia manchada reputación.
No nos acercamos a Él con
palabras que escogemos cuidadosamente, sino por los méritos de Aquel que pagó
por todos nuestros pecados con Su propia sangre. Nos acercamos a Dios en el
nombre y los intereses de Su propio y amado Hijo Jesucristo.
Confianza en un sacrificio pasado.
Dios siempre deseo esa manera de
acercarnos a Él. Mucho antes de que llefase nuestro Mediador, el diseño de
dicho acercamiento fue ilustrado en la adoración en el tabernáculo y el templo
de Israel, Por siglos Dios dijo claramente que Su pueblo debía acercarse a Él
en base de un sacrificio de sangre. Pero no fue hasta la venida y sufrimiento
de Cristo que vimos que eso sacrificios ilustraban el violento sufrimiento y la
muerte de propio Hijo de Dios.
En el mismo templo, en un lugar
que significaba la presencia del mismo dios, había un altar de incienso.
El incienso quemado por su
fragancia y movimiento ascendente, simbolizaba las oraciones que agradan a
Dios. Es significativo que este incienso se encendiera con un carbón del altar
del sacrificio (Éxodo 30:7-10). Para Dios, existe un claro vínculo entre el
sacrificio y las oraciones a través de las cuales nos acercamos a Él.
Ese vínculo entre el sacrificio y
la oración es lo que nuestro Mediador logró para nosotros. Ofreció un
sacrificio aceptable a Dios y luego nos exhortó a que entrásemos en la
presencia de Dios en Su propio nombre. De esta base para nuestra confianza
escribió el autor de Hebreos:
Por tanto, teniendo un gran sumo
sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, Retengamos nuestra
profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de
nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza,
pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para
alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos
4:14-16).
En este pasaje se describe estar
en la presencia de Dios con estar en una sala del trono. En Europa y el Medio
Oriente, las salas de los tronos de los reyes estaban decoradas florida y
elaboradamente, y estaban llenas de servidores. La gente común se sentía
inferior e intimidada, los mismos sentimientos que podríamos experimentar
nosotros cuando nos acercamos a Dios en oración. Pero a través de la mediación
y comprensión de Cristo, podemos entrar confiadamente en la presencia de Dios
sin sentirnos intrusos no deseados. Vamos en el nombre y en los méritos del
Hijo de Dios, y eso nos da acceso al Padre en cualquier momento.
Tenemos una invitación sellada
con el sello real a orar en cualquier momento, bajo cualquier circunstancia, e
independientemente de nuestra situación o necesidades, porque es un “trono de
gracia”. La gracia es bondad y ayuda inmerecidas. Es la clase de ayuda que
nuestro Mediador ha obtenido para nosotros.
Confianza en un abogado actual.
¡Eso no es todo! Podemos
acercarnos al “trono de la gracia” con confianza en nuestro Mediador porque Su
obra por nosotros continúa.
Incluso ahora está sentado a la
derecha de Dios intercediendo por nosotros (Romanos 8:34). Por los méritos de Su
sacrificio, el Señor Jesús es nuestro intercesor. Está con el Padre en la sala
del trono hablando por nosotros. El apóstol Juan lo expresó así:
…si alguno hubiere pecado,
abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación
(sacrificio expiatorio) por nuestros pecados… (1 Juan 2:1,2).
¿Por qué no somos totalmente
sinceros? ¿Cómo es posible que vacilemos o que nos sintamos indignos de orar
cuando Jesucristo mismo, en base de Su sacrificio, está ahora mismo con el
Padre intercediendo por nosotros?
BIEN PUEDES PRESENTAR
TUS QUEJAS A DIOS
A Dios le encanta la conversación honesta. El realismo es
intrínseco al propio carácter de Dios. Dios aborrece la oscuridad y el engaño.
La oscuridad es dominio de su enemigo. Por tanto, la segunda cosa que es
esencial para tener confianza en la oración es aprender a ser honestos acerca
de lo que hay en nuestros corazones. Dios puede manejar nuestras quejas,
nuestra necesidad, nuestros temores y nuestros fracasos. No se va a sorprender
ni a sentir amenazado por nuestra ira, confusión ni súplicas infantiles.
Lo que no le agrada a Dios son las mentiras baratas del
halago, la abalanza ritual, las palabras hipócritas que se repiten un y otra
vez sin tener en cuenta lo que verdaderamente está pasando en nuestra propia
alma. Tenemos que dejar de encubrir las cosas por temor y deshacernos de
nuestro sofisticado engaño y lenguaje formal en la oración por suficiente
tiempo como para echar los cimientos de la verdad.
Las oraciones llenas de mentiras civilizadas son tanto
inaceptables para Dios como incapaces de reflejar lo que hay en nuestros
corazones. Es por eso que, para poder entrar en la sala del trono y comenzar a
orar con confianza, hemos de aprender a decir la verdad cuando oramos. Para hacerlo
tenemos que pasar tiempo autoexaminándonos y confesando nuestros pecados. Es
preciso que digamos a Dios lo que sentimos realmente acerca de Él, de nosotros
mismos, de nuestros problemas con la gente, de nuestras necesidades,
frustraciones, deseos y recuerdos dolorosos. También hemos de ser honestos
acerca de nuestro deseo de que su voluntad sea la nuestra.
Si no queremos hacer Su voluntad, también hay que sacarlo a
relucir para poder pedir al mismo dios que nos ayude a superar nuestra rebeldía
y necedad.
Confianza en la
capacidad de Dios de ayudarnos a entendernos a nosotros mismos.
Cuando deseamos saber la verdad acerca de nosotros mismos,
el Señor que conoce nuestros corazones nos ayudará a ver lo que sucede en
nuestro interior.
El salmista escribió:”Oh, Jehová, tú me has examinado y
conocido” (Salmo 139:11). David le dijo a Salomón: “…porque Jehová escudriña
los corazones de todos y entiende todo intento de los pensamientos…” (1
Crónicas 28:9).
La oración de autoexamen, cuando se combina con las
Escrituras, nos permite ver lo que realmente sucede en nuestro interior. La
Biblia nos muestra nuestros más profundos sentimientos y verdaderas
motivaciones. Nos lleva por rincones y recovecos donde ocultamos viejos
rencores, odios secretos y amargos resentimientos. Por medio de la oración
honesta podemos sacar estas cosas a la superficie, verlas como son realmente, y
pedir a Dios ayuda para lidiar con ellas.
De una cosa podemos estar seguros si pedimos a dios que nos
muestre nuestro corazón, lo hará. Tal vez no inmediatamente, pero con el tiempo
y en Su propia forma, el Señor correrá las cortinas de la negación y la
represión y nos mostrará cómo somos. Además, nos cuidará muy bien mientras lo
hace.
·
Podría traernos a la memoria una vieja herida
para que lidiemos con ella y la olvidemos.
·
Podría recordarnos una promesa que no hemos
cumplido o una deuda.
·
Podría permitir que sintiésemos el dolor que
causamos a otra persona, quizás muchos años atrás, y pedirnos que lo enmendemos.
·
Podría dirigirnos a aclarar algún malentendido o
perdonar a alguien.
Conocer el corazón es un don maravilloso y liberador, y se
obtiene al ser honestos con el Señor en oración.
Un auto examen también podría revelar las bendiciones
positivas de nuestra vida. Dios no está obrando con nosotros y haciendo cosas
por nosotros todo el tiempo.
Nos muestra su bondad. Nos llena de gracia, nos ayuda a
crecer a través de la adversidad, nos sostiene en las circunstancias difíciles,
nos proporciona maneras de escapar de la tentación, y nos otorga su paz. Sin
embargo, cuando nos enredamos en los detalles de la vida y nos distraemos con sus responsabilidades, a veces olvidamos estas cosas.
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